Tras el terremoto, queda claro que el plan de Washington para reconstruir Venezuela está al revés
Los primeros días tras el terremoto ya muestran por qué el plan de Washington, que pone la economía por delante de la democracia, está fracasando.
Cuando un terremoto golpea, que un edificio se sostenga o se derrumbe depende de algo que casi nunca se ve: la firmeza de sus cimientos y lo que se construyó encima. Con un país pasa igual.
Escribo con las primeras setenta y dos horas ya vencidas, ese margen que los rescatistas consideran decisivo para encontrar gente con vida. En La Guaira, la ciudad costera a las puertas de Caracas que quedó devastada, el trabajo cambia de naturaleza: de salvar a quien todavía respira bajo una losa se pasa a recuperar cuerpos, atender a miles de heridos y reponer los servicios básicos. El balance oficial supera ya los 1,400 muertos y sigue subiendo, con un número de desaparecidos que la ONU preliminarmente cifra en más de 50,000.
La gente respondió; el Estado, no
El balance de esta primera fase da dos resultados opuestos: los venezolanos de a pie y la ayuda internacional cumplieron; el Estado falló. Desde las primeras horas fueron los vecinos y voluntarios quienes sostuvieron el rescate: removían concreto con las manos y se organizaban por WhatsApp para bajar de Caracas con agua, comida y herramientas. Mientras tanto, llegaban los equipos extranjeros, brigadas de búsqueda y rescate de Chile, México, Colombia, El Salvador y República Dominicana, entre más de una docena de países coordinados por la ONU. Unos bomberos de Virginia sacaron con vida a un hombre y a su hijo de un bloque de viviendas levantado por el propio Estado.
¿Y el Estado? Las voces de la gente lo dicen mejor que yo. Yeison Marcano, que buscaba entre los escombros, resumió el paso de los funcionarios: vinieron «a comer arepa y a tomarse fotos» y se fueron sin ensuciarse el uniforme. Frente a un edificio derrumbado, una mujer reclamaba que ahí «deberían estar los militares con toda la maquinaria» que el régimen siempre exhibe. Y donde el Estado aparece, muchas veces estorba: militarizó La Guaira y exigió salvoconductos para entrar, frenando a los voluntarios que bajaban de Caracas con ayuda. «Nos quitaron la ayuda que teníamos», contó un vecino. Unas 40 organizaciones firmaron una carta contra esa militarización.
¿Por qué falló el Estado? Por dos razones que se suman. Una es «heredada»: un Estado que lleva 27 años descomponiéndose, con limitados cuerpos de rescate y equipos, a consecuencia de la desinversión, corrupción y priorizar la lealtad sobre la meritocracia. La otra es la forma de gobernar de quienes mandan hoy: que priorizan el control por encima de la eficacia, las imágenes por encima de las acciones, y prefieren trabajar de espaldas a la gente, invirtiendo esfuerzos en pedirle a la población que no estorbe en vez de pedirle que ayude. Es un sistema agotado, y la emergencia lo desnudó.
El plan está al revés
Aquí el rescate deja de ser una tragedia para volverse una advertencia. La reconstrucción que viene necesita orden, recursos y eficacia, pero sobre todo lo que estos días dejaron ver que falta: confianza. La de la gente en su Gobierno y la del Gobierno en la gente. La de quienes tendrían que poner el dinero para levantar lo caído y construir algo nuevo. Y es que lo que vale para el terremoto vale para Venezuela entera: reconstruir lo que el sismo derrumbó y sacar al país de su ruina son la misma tarea, y dependen de recuperar esa confianza, que no vuelve sin una renovación, atada a un acuerdo político y social que la sostenga.
El plan que Washington diseñó para el día después tiene tres fases, y Marco Rubio las detalló ante el Senado: primero estabilización, después recuperación económica y, al final, transición política, con elecciones en una fecha que nunca se ha fijado.
La estabilidad, como primer paso, tiene sentido. Pero poner la economía, una verdadera recuperación económica, por delante de la democracia está al revés. El capital que de verdad reconstruye un país, el que se queda diez, veinte o cien años, solo llega cuando confía en que habrá un futuro estable: un acuerdo político y social mínimo, una sensación de rumbo. Y esa confianza no existe. No existe porque gobiernan los mismos de siempre, porque no ha habido una apertura política real hacia quienes representan a la población, y porque el poder actúa igual que antes de que llegaran los helicópteros, apenas más moderado. Han salido presos políticos, pero siguen encarcelados cientos. La represión aflojó, pero no se fue: decenas de medios siguen bloqueados y todavía se reprimen muchas protestas. Y no hay una fecha, ni siquiera tentativa, para unas elecciones.
Los números lo confirman. Seis meses después de la captura de Maduro, el petróleo sube, pero la inversión que reconstruye no aparece. El Banco Central reporta un crecimiento de apenas 2.5% en el primer trimestre, y las grandes petroleras que evalúan volver condicionan su regreso a una estabilidad política y jurídica que no existe. El dinero que más se mueve es especulativo: fondos que compran deuda vieja apostando a un “rally de la reconstrucción”. Pero esa es una jugada financiera; no levanta una fábrica ni da un empleo.
No lo digo solo yo. El profesor Ricardo Hausmann lo advirtió: sin instituciones creíbles ni legitimidad política, no hay capital privado que levante al país. Y los mercados coinciden: pese a la salida de Maduro, Moody’s mantiene la deuda venezolana en su nota más baja y señala que el cambio de gobierno no alteró el cuadro institucional, así que casi ninguna empresa seria se expone. Y la recuperación no llega a la gente, cuyo ingreso promedio no cubre ni la mitad de la canasta básica.
Se debe reconstruir sobre nuevos cimientos
Lo más alarmante es que el terremoto amenaza con precisamente lo contrario: enquistar al poder de facto. Analistas advierten que la reconstrucción se vuelve la excusa perfecta para posponer las elecciones y consolidar el interinato. En una contexto de “ausencia temporal” de Maduro que vence el 3 de julio, pero que el Tribunal Supremo puede prorrogar hasta que quiera mientras siga preso en Nueva York, el terremoto es una buena excusa. Y así, el desastre que pone de manifiesto la incapacidad del la dictadura corre el riesgo de volverse el argumento para aplazar, otra vez, la democracia.
Y la alternativa no tiene por qué ser un salto al vacío. Cuando cayó la dictadura de Pérez Jiménez, en 1958, una junta de transición reconocida por las distintas fuerzas del país llevó a Venezuela a elecciones en menos de un año. La economía tardó en arrancar, pero la legitimidad llegó pronto, y sobre ella se sostuvo lo demás. Ese es el orden correcto: un gobierno creíble genera confianza, las elecciones llegan pronto y no en un futuro sin fecha, y la confianza, con el tiempo, atrae al capital que se queda a construir. Es lo contrario de lo que tenemos hoy: los mismos de siempre administrando la espera.
Pongámoslo en orden. La política va primero porque es el cimiento: sobre ella se levanta la recuperación de la economía, y también la del desastre. Ningún ingeniero construye los pisos de arriba sobre una base agrietada. A Estados Unidos le toca cambiar la ecuación y poner eso primero, porque es ese acuerdo político y social el que vuelve creíble todo lo demás.
Va a volver a temblar, eso es geología y no se discute; que el país aguante el próximo golpe o se derrumbe otra vez depende de lo que construyamos ahora, y de que tengamos el coraje de empezar por los cimientos.






