¿Vives con tus papás a los 30? Bienvenido a la nueva normalidad
El número de jóvenes estadounidenses que viven con sus padres tocó su récord histórico. Para los latinos, esto tiene un giro que el resto del país apenas está descubriendo.
¿Te acuerdas de la película Failure to Launch (o Soltero en Casa)? Bueno, ya no es tan ficción que digamos.
Casi uno de cada cinco estadounidenses entre 25 y 34 años vive hoy con sus padres o abuelos, el nivel más alto jamás registrado, según un análisis de datos del censo hecho por John Burns Research and Consulting. Esto significa que unos 7.5 millones de jóvenes que, en lugar de firmar el contrato de su primer apartamento o estrenar las llaves de una casa, están de vuelta en su cuarto de la adolescencia.
Podríamos leer esto como un “fracaso”. La generación que no despega, los “niños del sótano” que nunca se van, pero a ver, antes de sacar esa conclusión, hay dos cosas importantes.
Primero, la mayoría de estos jóvenes tiene trabajo. Segundo, para las familias latinas, vivir juntos nunca fue el símbolo de derrota que el resto del país cree que es.
Tienen empleo pero no les alcanza
De los 7.5 millones de jóvenes que viven en la casa de sus padres, siete de cada diez están empleados, según un análisis de Realtor.com. Hannah Jones, economista de esa firma, dice que esto es “una historia de costo de vivienda, no una historia de empleo”.
Los números le dan la razón.
El alquiler típico a nivel nacional subió casi 30% entre 2020 y 2024, según Zillow. La casa “de entrada”, esa opción barata que antes te dejaba empezar a construir tu patrimonio, prácticamente desapareció. Para finales de 2022, casi ninguna casa nueva en Estados Unidos se vendía por menos de 200,000 dólares, y más del 60% costaba arriba de 400,000 dólares.
¿La otra parte? Un estudio de la Reserva Federal de St. Louis encontró que el 36% de los Gen Z mayores carga deuda estudiantil, contra el 31% de los millennials a la misma edad.
Un dato que cambia la historia
Los jóvenes latinos viven con sus padres más que sus pares no latinos: un 23% contra un 18%, según datos analizados por la National Association of Home Builders, pero cuando miras el fenómeno más amplio de los hogares multigeneracionales, la brecha es aún más marcada. Alrededor del 26% de los hispanos vive bajo un mismo techo con varias generaciones, comparado con apenas un 13% de los estadounidenses blancos, según Pew Research Center.
Pero ojo, porque el número engaña. Para gran parte de las familias latinas, vivir con los papás no es un plan B tras un fracaso económico, muchas veces así funciona la familia y punto. La casa multigeneracional se conoce como la norma cultural con la que muchos crecimos, no el castigo por no haberla hecho. Lo que está pasando ahora es que el resto del país está aterrizando, por pura necesidad económica, en un modelo que para nosotros nunca dejó de ser normal.
Jeff Avelar-Yanes, diseñador de vestuario salvadoreño-americano, lleva viviendo con sus padres y su hermana en Long Island desde que se graduó, empujado por la falta de un trabajo estable y la deuda estudiantil. “No tuve opción de quedarme donde estaba”, contó para Business Insider. Hoy, cerca de cumplir los 25, sueña con su propio apartamento, pero las rentas de Nueva York lo mantienen en casa. “Quiero salir con muchas ganas. Llevo un buen rato intentándolo”.
Las dos cosas son ciertas a la vez. La convivencia puede ser un refugio cultural y, al mismo tiempo, una jaula económica.
El estigma que se está muriendo (y quizás no era para tanto)
Hay algo generacional que cambió, y no es solo el precio de la vivienda. El personaje del adulto que vive con sus papás (ese que Seinfeld o Step Brothers usaban como chiste de perdedor) está perdiendo su carga de vergüenza.
Eric Finnigan, demógrafo de John Burns que se pasa el día hablando con jóvenes sobre dónde viven, dice que le sorprendió lo mucho que se desvaneció esa caricatura.
“Es mucho más una cosa normal ahora. No hay un golpe al estatus ni a la autoestima”. Elizabeth Gomes, de 29 años, que trabaja en relaciones públicas en San Diego, lo vive sin tanto drama: viaja, sale a cenar con amigos, va a conciertos, y paga 700 dólares de renta a sus papás cuando un one-bedroom en su ciudad ronda los 2,000.
“No tengo ninguna vergüenza de vivir en casa”, dice Nick Chapman, de 30 años, que se mudó de vuelta a los suburbios de Los Ángeles, mantiene el mismo sentimiento “ya no lo tomo como algo vergonzoso. Siento que es la nueva realidad”.
¿Una ausa o el punto y final?
Los economistas se dividen y aquí va el por qué.
La versión optimista mira a los millennials. Hace una década los llamaban la generación que “nunca sería dueña de nada”. Hoy, los millennials mayores tienen casa a un ritmo casi idéntico al de la Generación X a la misma edad.
“Es una etapa de vida retrasada, no una etapa perdida”, dice Finnigan. Mark Fleming, economista de First American, coincide que la demora no es lo mismo que la rendición, y en algún momento esta generación va a saltar al mercado (solo que más tarde).
La otra versión (una preocupada) la pone Rob Dietz, economista jefe de la asociación de constructores. “Creo que sí hay razones para preocuparse”. Su punto es que esta vez hay fuerzas estructurales nuevas (el fin de la casa de entrada, el crecimiento poblacional que se frena, el patrimonio que no se empieza a construir a tiempo) y esas decisiones de hoy pueden dejar huella por décadas.
Parece que cada generación asusta a la anterior con la forma en la que vive, y casi siempre termina encontrando su camino, tarde pero seguro. Lo que este récord deja claro es que la ruta para llegar a esa casa propia se volvió más larga y más cara, y que, mientras tanto, la mesa familiar de varias generaciones se está volviendo el plan de todos.





