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Qué le dice Caracas a China y Rusia

Venezuela se ha convertido en más que una tragedia doméstica o un experimento geopolítico.

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Tom Tugendhat
ene 20, 2026
∙ De pago

Por Tom Tugendhat, Miembro del Parlamento británico desde 2015 y ex Ministro de Seguridad (2022-2024). Anteriormente presidió el Comité de Asuntos Exteriores. Veterano de operaciones en Irak y Afganistán, Tom analiza la política exterior, la seguridad nacional y los desafíos globales.

Foto: EFE

El momento más revelador en Caracas no involucró explosiones ni soldados. Ocurrió antes, a plena luz del día, cuando funcionarios chinos estaban junto a Nicolás Maduro, sonriendo cortésmente para las cámaras y reafirmando una asociación que ambas partes presentaban como sólida y duradera. Parecía una muestra de seguridad, el tipo de imagen hecha para proyectar estabilidad y confianza. En cuestión de horas, pertenecía a otro mundo.

Durante años, China y Rusia se habían presentado como alternativas al poder estadounidense en Sudamérica. No como reemplazos directos, quizás, pero sí como contrapesos, socios que podían ampliar las opciones de la región y aflojar el control de Washington. Caracas debía encarnar esa idea. Dinero chino, armas rusas, desafío venezolano. Juntos, se suponía que demostrarían que los viejos límites ya no aplicaban.

Lo que siguió expuso cuán superficial era esa afirmación.

El rol de China en Venezuela siempre había sido práctico, no sentimental. Los préstamos se extendían a cambio de petróleo. Los proyectos de infraestructura estaban atados al acceso y al suministro. El apoyo político fluía del cálculo comercial. Era un modelo que Beijing había repetido en toda Latinoamérica y más allá, diseñado para asegurar recursos e influencia sin enredarse. Venezuela parecía encajar perfectamente en ese enfoque.

Pero cuando llegó el momento, China no ofreció nada más.

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No hubo intervención, ningún disuasivo significativo, ningún esfuerzo por frenar los acontecimientos una vez en marcha, solo algunas declaraciones en la ONU. Las fotografías tomadas ese mismo día se convirtieron en símbolos no de asociación sino de limitación, recordatorios de que la presencia económica no se traduce automáticamente en alcance estratégico. Beijing descubrió, en público y sin ambigüedad, que su influencia en Sudamérica termina donde comienza la fuerza.

La posición de Rusia era diferente, y el resultado aún más dañino.

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