El aparato es una Epson WorkForce WF-110, pesa 4.6 libras e imprime 6.7 páginas por minuto en blanco y negro. Trabaja con batería, así que no necesita enchufe. Gizmodo la identificó congelando fotogramas de un documental de campaña de 2024, y de paso vio el resto del equipo, una fuente de poder de unas dos libras y una batería de teléfono aparte, todo metido en un bolso enorme. Quien la carga se llama Natalie Harp, tiene 35 años, gana $150,000 al año y en la nómina de la Casa Blanca aparece como asistente ejecutiva del presidente.
Trump casi no mira pantallas. Harp le imprime lo que tiene que leer y se lo pone en la mano, en la oficina, en el avión y al lado del carro de golf. El apodo se lo pusieron sus propios compañeros, La impresora humana, y lo dicen con cariño o con fastidio según el día. Lo que casi nadie menciona es que ese trabajo ya tiene un nombre oficial dentro del edificio, y no es el de ella.
En la Casa Blanca funciona desde hace décadas la Oficina del Secretario de Personal, y su descripción de funciones no deja mucho a la imaginación. Esa oficina decide qué memos de decisión, qué materiales de briefing, qué informes de inteligencia, qué correspondencia y qué borradores de discursos terminan sobre el escritorio del presidente. Es un puesto de plomería institucional, sin glamour y enorme. Todo lo que el presidente lee antes de firmar algo pasó por ahí, con un proceso, con una circulación previa entre las oficinas a las que les toca opinar y con una autorización de seguridad vigente.
Ese cargo lo tuvo Will Scharf hasta hace poco. En agosto Trump anunció que lo ascendía a consejero jurídico de la Casa Blanca, y el 2 de septiembre entró Ben Moss en su lugar. Al contar el ascenso, NBC describió el puesto con una imagen que ahora viene bien, Scharf era el que se paraba al lado de Trump en las firmas de órdenes ejecutivas y le iba narrando qué estaba firmando.
Vale la pena guardar esa imagen. El lunes pasado, en un mitin en Nebraska, Trump llamó al escenario a Natalie Harp para que le llevara una orden ejecutiva sobre el precio del diésel. La firmó delante del público, se la devolvió y le dijo a la gente que la escena le recordaba a The Price Is Right.
El 8 de julio salieron dos aviones de Ankara
Ese día, al terminar una cumbre de la OTAN, la inteligencia de EE. UU. y la de Turquía detectaron un plan iraní para lanzarle un misil al avión presidencial. Sacaron a Trump del aeropuerto escondido dentro de un camión de catering y lo montaron en otro avión, un C-32A que despegó hacia una base militar en el Reino Unido. El Air Force One que todo el mundo tenía identificado despegó también, con gente adentro, haciendo de señuelo.
CBS publicó después la lista de quién viajó en cada uno, y ahí está el dato que explica toda esta historia. Con el presidente iban el secretario de Defensa, Pete Hegseth, y tres asistentes, Natalie Harp, Walt Nauta y Dan Scavino. En el señuelo se quedaron el secretario de Estado, Marco Rubio, el secretario del Tesoro, Scott Bessent, el subjefe de gabinete, Stephen Miller, y Will Scharf.
El secretario de personal, el funcionario cuyo cargo consiste en manejar los papeles que ve el presidente, viajó en el avión que servía de blanco. La que los maneja en la práctica viajó con el presidente. A Trump le preguntaron después por el cambio de avión y respondió que todo presidente importante tiene muchas amenazas.
El filtro funciona en los dos sentidos. En mayo, el Wall Street Journal contó cómo sale la otra mitad. Harp le lleva a Trump pilas de borradores impresos de publicaciones en horas de la madrugada, él los aprueba, y después ella entra a la cuenta de Truth Social y los sube en tandas. Esos borradores no pasan por la oficina del jefe de gabinete, ni por el equipo de comunicaciones, ni por los de seguridad nacional. Ella sostiene que trabaja solo para el presidente.
El 6 de febrero de este año se vio cómo luce eso cuando falla. De la cuenta de Trump salió un video de un minuto sobre supuestas anomalías en máquinas de votar, y los últimos dos segundos eran una secuencia hecha con inteligencia artificial donde Barack y Michelle Obama aparecen como simios bailando en una selva. Karoline Leavitt, entonces vocera de la Casa Blanca, lo defendió el mismo día diciendo que era un meme de internet y pidió “dejar de fingir indignación”. Al día siguiente borraron el video y la versión oficial cambió, ahora había sido un empleado de la Casa Blanca que “hizo la publicación por error”.
A ese empleado nunca lo nombraron. Tres meses después el Journal ubicó ese video entre los que sube Harp. El director de comunicaciones, Steven Cheung, no quiso entrar en el detalle del proceso y respondió que “Truth Social nunca ha estado más caliente, y es porque el presidente Trump ofrece sus pensamientos directos y sin filtro”. La frase describe exactamente lo contrario de lo que hay.
Un año de prórrogas
Todo el que trabaja en el ala oeste llena el SF-86, el formulario que abre la investigación federal de antecedentes y habilita a cualquiera para acercarse a documentos sensibles, desde el jefe de gabinete hasta el pasante. Harp se negó varias veces a llenarlo y pasó más de un año así, con prórroga tras prórroga, mientras seguía manejando los papeles que llegaban al escritorio. La oficina del consejero jurídico y los encargados de seguridad empujaron hasta que Trump se lo pidió en persona. Entonces lo llenó. Lo reportaron Jake Traylor y Jacqueline Alemany en agosto, y la Casa Blanca respondió que Harp “tiene autorización de seguridad como todo el mundo”.
Esto ya le había pasado a este gobierno, con el cargo puesto. En febrero de 2018, Rob Porter renunció a la secretaría de personal de Trump por unas denuncias de maltrato de sus exesposas, y a los pocos días el escándalo se había convertido en otra cosa, en un escándalo de autorizaciones, porque se supo que el hombre que filtraba los papeles del presidente lo hacía con un permiso provisional. A John Kelly lo criticaron durante semanas por haberlo permitido. En 2018 el problema fue que el filtro tenía un permiso provisional. En 2026 el filtro no tenía permiso ni cargo.
En su partido lo ven bien
Nada de esto se discute en voz baja. Los republicanos que tratan a diario con la Casa Blanca hablan de Harp sin rodeos, como una pieza que funciona. John Barrasso, senador por Wyoming, dice que es “un par de ojos y oídos extra para el presidente”. Ronny Jackson, congresista por Texas, dice que es clave para que los miembros del Congreso sientan que son parte del equipo. Stephen Miller la llamó “un activo fenomenal”. Ninguno niega el tamaño del puesto, lo que dicen es que así el gobierno les funciona mejor.
El dinero va en la misma línea. En las declaraciones patrimoniales de este año apareció que Trump le dio $45,000 en efectivo, de regalo de fiestas, a Harp y a dos compañeras que también ganan $150,000, y $20,000 a Walt Nauta. La Casa Blanca respondió que esos regalos no se relacionan con las funciones oficiales y que por eso son permisibles. Richard Painter, abogado de ética de la Casa Blanca con George W. Bush, le dijo a CNN que es “probable” que eso sea un ingreso extra sobre el sueldo público, lo que la ley federal prohíbe.
El cargo de secretario de personal no existe por burocracia. Existe para que haya alguien a quien preguntarle qué sabía el presidente antes de decidir, alguien con nombre, con expediente y con un permiso que se puede revocar. Harp no ocupa ese cargo, y durante más de un año tampoco tuvo el permiso que ese cargo exige. El filtro se corrió a un puesto donde no aplica ninguna de esas reglas. ¿A quién le sirve que el lugar más cercano al escritorio sea el único que no le rinde cuentas a nadie?



