Entre 2022 y 2025, en un grupo de hospitales de Estados Unidos, un diagnóstico llamado anemia posthemorrágica aguda pasó de aparecer en el 4% de los partos a hacerlo en el 12.3%. Las mujeres no empezaron a sangrar más ni los nacimientos se volvieron de golpe más complicados. Lo que cambió fue quién llena el papeleo. Un análisis de Blue Cross Blue Shield calculó que ese solo renglón, mejor documentado, le sumó US$22 millones a la cuenta de maternidad en apenas tres años.
Detrás de ese salto hay una herramienta que ya se instaló en miles de consultorios. Son programas de inteligencia artificial que escuchan la conversación entre médico y paciente y arman el expediente por su cuenta. Se venden como un alivio para el personal de salud, que hoy dedica horas a transcribir notas y a pelearse con la computadora. Escriben rápido, no se cansan y, sobre todo, no dejan nada afuera. Cada síntoma y cada complicación posible queda anotada con su etiqueta precisa. En la jerga del sector eso se llama documentación clínica. En la práctica, cada etiqueta nueva es una línea más que alguien va a cobrar.
Describir para cobrar más
En el sistema estadounidense, la atención médica se traduce a códigos. Cada diagnóstico y cada procedimiento tiene un número, y cada número tiene un precio. Mientras más códigos entren en tu expediente, más alta sale la factura, aunque el tratamiento haya sido el mismo de siempre. Los médicos siempre pudieron afinar esa codificación a su favor, un viejo arte que en inglés llaman upcoding. La novedad es que ahora una máquina lo hace por ellos, a gran escala y sin que nadie tenga que sentarse a inflar nada.
La consultora PwC lo puso en números: para 2027 proyecta que los costos médicos del mercado comercial suban un 9%, el mayor salto desde 2010. Y entre todos los factores que empujan ese aumento, el uso de la IA para documentar y facturar quedó de primero en la lista de presiones nuevas. La tecnología que nos vendieron para abaratar la medicina entró al hospital por otra puerta.
El upcoding no es el único mecanismo, como documentó el New York Times. En 2022 entró en vigor la No Surprises Act, una ley pensada para proteger al paciente de las facturas sorpresa, esas que llegan cuando lo atiende sin avisar un médico fuera de su red. La ley montó un proceso de arbitraje para que aseguradora y proveedor resolvieran cuánto se paga. En el papel, un candado a favor del consumidor, pero siempre hay un pero.
Algunos grupos médicos entendieron que ese arbitraje les convenía y empezaron a usarlo en masa. Según el rastreo de Peterson y KFF, los proveedores ganan la enorme mayoría de las disputas, y cuando ganan, el monto promedio ronda el 450% de la tarifa de referencia que reportan las aseguradoras. En dos años y medio, esos reclamos les dejaron más de US$2,200 millones por encima de lo que habrían cobrado dentro de la red. Buena parte de ese botín se concentra en firmas de médicos financiadas por fondos de capital privado, que convirtieron un trámite legal en una fuente estable de ingresos. Y cada dólar que sale de ahí vuelve, tarde o temprano, a las primas de todos.
¿Y hacia dónde rueda todo ese dinero? Cuando a un hospital le pagan de más por un lado, rara vez baja los precios por el otro. Y lo que viene va a apretar todavía más esa mecánica. La ley de presupuesto de 2025 recorta el gasto federal en Medicaid en casi un billón de dólares en una década, alrededor del 14%. Medicaid es el programa público para personas de bajos ingresos, y cuando el Estado paga menos, los hospitales tratan de recuperar la diferencia cobrándoles más caro a los planes privados.
Esos planes privados son los que la mayoría de la gente tiene a través del trabajo. En 2025, la cobertura familiar de un empleo promedió US$26,993 al año, según la encuesta de KFF, el tercer año seguido con alzas de 6% o más. Ese número no se queda en una oficina de seguros. Se reparte entre lo que aporta tu empresa y lo que te descuentan a ti de cada quincena. Por eso el aumento se siente tan abstracto, porque nadie te cobra directamente por el diagnóstico de más, aunque aparezca diluido en lo que te quitan cada mes. La cadena empieza en un algoritmo que anota una condición extra y termina en la línea de tu recibo de pago que dice salud.
La herramienta y su dueño
El analista de monopolios Matt Stoller lo resumió así en su cuenta de X. Los hospitales están usando la IA para subir los precios, dijo, y quizás habría que dejar de fingir que la innovación siempre busca mejorarnos la vida. La misma tecnología que podría detectar un tumor a tiempo o quitarle horas de papeleo a una enfermera está, en ocasiones, ocupada en encontrarle motivos de cobro a tu expediente. La máquina no tiene voluntad propia. Hace exactamente lo que le pide quien la programa, y hoy le están pidiendo cobrar.





