La lucha por seguir siendo relevantes
¿A quién le cree la gente hoy? La respuesta dependerá cada vez menos del tamaño de una institución y cada vez más de su capacidad para comprender a las comunidades a las que sirve.
Por María del Carmen Pérez
Una conversación tuvo lugar durante el panel Truth Across Borders (La verdad más allá de las fronteras), celebrado en el Tsai Performance Center de Boston University durante el WBUR Festival. El encuentro reunió a tres voces con trayectorias muy distintas dentro del mundo de la información: Javier Marín, fundador de Tiempo; Paola Ramos, periodista, analista de MSNBC y autora especializada en temas de identidad y política; y Marty Baron, exdirector editorial de The Boston Globe y The Washington Post, considerado uno de los líderes periodísticos más influyentes de las últimas décadas.
A lo largo de una conversación que recorrió la evolución de los medios desde la llegada de las redes sociales hasta el impacto emergente de la inteligencia artificial, los participantes coincidieron en una idea central: la mayor crisis que enfrenta el periodismo no es tecnológica. Es una crisis de confianza.
Del optimismo digital a la fragmentación informativa
Marín inició el diálogo recordando los primeros años de Twitter y el entusiasmo que acompañó el surgimiento de las redes sociales como nuevas herramientas de información y participación pública.
Paola Ramos pertenecía entonces a una generación que descubría simultáneamente el periodismo y las plataformas digitales. Marty Baron, por su parte, dirigía una de las redacciones más importantes del país y observaba el fenómeno con cautela. Durante el panel recordó que incluso abrió una cuenta anónima para estudiar cómo evolucionaba Twitter antes de incorporarse públicamente a la plataforma.
La transformación fue rápida. Facebook, Twitter y Google modificaron la manera en que millones de personas accedían a las noticias. Por primera vez, cualquier ciudadano podía difundir información, opiniones o versiones de los hechos sin pasar por los filtros tradicionales de una sala de redacción.
Para muchos periodistas formados bajo estándares rigurosos de verificación, aquello representaba una amenaza potencial. Para otros, especialmente para las generaciones más jóvenes, significaba democratización y acceso.
Cuando las audiencias encontraron su propia voz
Ramos describió cómo las redes sociales permitieron que sectores históricamente subrepresentados encontraran espacios para expresarse y construir sus propias narrativas.
Recordó su experiencia en Vice News, donde una de las máximas editoriales consistía en no limitarse a contar una historia, sino mostrarla desde dentro. Aquella filosofía ayudó a transformar la manera en que una nueva generación se relacionaba con las noticias.
Sin embargo, detrás de esa innovación narrativa existía una pregunta mucho más compleja: ¿cómo podía sobrevivir económicamente el periodismo en un entorno dominado por empresas tecnológicas que controlaban la distribución de la información?
Esa pregunta marcó gran parte de la transformación de la industria durante la última década.
El ascenso y la caída de los gigantes digitales
La conversación también abordó el auge y posterior declive de empresas que alguna vez fueron consideradas el futuro de los medios.
Vice Media llegó a alcanzar una valoración cercana a los seis mil millones de dólares. BuzzFeed News fue celebrado durante años como un modelo innovador de periodismo digital. Ambas organizaciones terminaron enfrentando profundas crisis.
Para Ramos, la experiencia dejó una lección importante. Muchas compañías intentaron convertirse simultáneamente en medios digitales, productoras de contenido, cadenas de televisión y conglomerados globales. En muchos casos, la ambición terminó superando la sostenibilidad de sus modelos de negocio.
Baron observó el fenómeno desde una perspectiva histórica. Recordó que la industria suele caer en lo que llamó “pensamiento lineal”: asumir que quienes triunfan hoy triunfarán para siempre y que quienes atraviesan dificultades están destinados a desaparecer.
La historia demuestra lo contrario.
The New York Times fue considerado por muchos analistas como una organización condenada durante la crisis de los medios impresos. Hoy es uno de los medios de suscripción más exitosos del mundo. The Washington Post también logró reinventarse tras su adquisición por Jeff Bezos.
La lección, según Baron, es que la capacidad de adaptación sigue siendo uno de los activos más importantes del periodismo.
Autenticidad y autoridad: una nueva tensión
Uno de los temas más interesantes surgió cuando Marín planteó una pregunta sobre la credibilidad.
Durante décadas, la autoridad de una institución periodística era suficiente para generar confianza. Hoy la situación es distinta.
Las audiencias siguen buscando información verificada, pero también buscan autenticidad, cercanía y transparencia. Quieren conocer no solamente los resultados de una investigación periodística, sino también el proceso mediante el cual se obtuvo la información.
Ramos señaló que cada vez más personas desarrollan vínculos directos con periodistas individuales a través de plataformas como YouTube, TikTok, Instagram o los podcasts.
“La audiencia sigue al periodista”, afirmó.
Ese fenómeno ha permitido que muchos comunicadores construyan comunidades propias más allá de las organizaciones para las que trabajan. Sin embargo, también ha difuminado las fronteras entre periodismo, opinión, entretenimiento y marca personal.
Hoy, periodistas e influencers compiten por la atención en los mismos espacios digitales.
Los puntos ciegos del periodismo
Quizás el momento más profundo de la conversación llegó cuando el debate se centró en los puntos ciegos que afectan tanto a los medios como a otras instituciones.
Marín preguntó qué genera mayores puntos ciegos para un periodista: la cercanía al poder político o la cercanía al poder mediático.
La respuesta de Ramos fue inmediata.
“Ambos”, respondió.
Según explicó, cualquier estructura de poder puede generar suposiciones que terminan aceptándose sin cuestionamiento.
Ramos recordó que durante su etapa en la política demócrata escuchó en más de una ocasión que el apoyo latino estaba garantizado y que, por tanto, no era necesario dedicar mayores esfuerzos a ciertos segmentos del electorado hispano. La realidad demostró posteriormente que esas conclusiones estaban equivocadas.
Baron coincidió en que los puntos ciegos no son exclusivos del periodismo ni de la política. Son parte de la naturaleza humana.
El desafío consiste en reconocerlos y trabajar activamente para reducirlos.
La historia que muchos no quisieron ver
La discusión desembocó inevitablemente en uno de los fenómenos políticos más relevantes de los últimos años: el crecimiento del apoyo latino a Donald Trump.
Ramos sostuvo que numerosos periodistas ignoraron durante años transformaciones importantes que estaban ocurriendo dentro de las comunidades latinas.
Cuando los resultados electorales comenzaron a reflejar esos cambios, gran parte de los observadores reaccionó con sorpresa.
Pero las señales existían desde mucho antes.
Temas como la religión, la movilidad económica, la identidad cultural, las aspiraciones personales o incluso sentimientos antiinmigrantes presentes dentro de ciertos sectores latinos rara vez recibieron la atención que merecían.
Baron reconoció que antes de las elecciones insistió repetidamente en la necesidad de investigar más profundamente estas tendencias.
Pocos lo hicieron.
La consecuencia fue que muchos medios terminaron reaccionando tarde a una realidad que ya estaba transformando el panorama político estadounidense.
La lección fue clara: ninguna comunidad puede entenderse a partir de estereotipos o generalizaciones.
La próxima gran disrupción
Durante la sesión de preguntas y respuestas, un asistente preguntó cuál podría ser la próxima gran transformación del ecosistema informativo.
Baron respondió sin dudar:
“La inteligencia artificial será más disruptiva que las redes sociales”.
Su preocupación va más allá del periodismo. La capacidad de producir contenidos falsos de manera masiva amenaza la posibilidad misma de distinguir entre realidad y ficción.
Ramos compartió inquietudes similares.
Reconoció que incluso periodistas experimentados tienen dificultades para diferenciar algunos contenidos manipulados digitalmente de materiales auténticos.
Mientras la tecnología avanza a gran velocidad, las instituciones periodísticas todavía intentan comprender cómo adaptarse a una nueva realidad que cambia constantemente.
Más allá de las fronteras
Al finalizar el panel, el título Truth Across Borders parecía referirse a algo mucho más amplio que las fronteras geográficas, lingüísticas o culturales.
La verdadera frontera de nuestro tiempo puede ser aquella que separa una era en la que las instituciones controlaban el flujo de información de otra en la que la información circula libremente entre plataformas, algoritmos, creadores de contenido e inteligencia artificial.
Los periodistas ya no compiten únicamente con otros periodistas.
Compiten con influencers, podcasters, plataformas tecnológicas y sistemas automatizados capaces de generar información a una velocidad sin precedentes.
En ese contexto, la autoridad institucional ya no garantiza atención. La precisión sigue siendo indispensable, pero por sí sola tampoco garantiza confianza.
Quizás la reflexión más importante de la tarde fue que los mayores errores del periodismo rara vez nacen de la tecnología. Surgen cuando las instituciones dejan de escuchar a las comunidades que dicen representar.
Y cuando eso ocurre, las personas buscan respuestas en otros lugares.
La pregunta que abrió la conversación sigue vigente: ¿a quién le cree la gente hoy?
La respuesta, según quedó claro en Boston, dependerá cada vez menos del tamaño de una institución y cada vez más de su capacidad para comprender, escuchar y representar honestamente a las comunidades a las que sirve.






