En una entrevista con Fox News le preguntaron al presidente de la Cámara de Representantes por Jared Kushner y respondió con una frase que sonaba a trámite: dijo que el yerno de Donald Trump “no está realmente involucrado en la administración, al menos en el día a día”. La respuesta pretendía cerrar el tema y terminó abriéndolo, porque en el Washington de hoy cuesta encontrar a alguien más metido en los asuntos delicados del gobierno que ese hombre al que Mike Johnson describe como si apenas pasara por ahí.
Jared Kushner tiene 45 años, viene del negocio inmobiliario de su familia y entró a la política de la mano del apellido de su esposa, Ivanka Trump. En el primer mandato de su suegro fue asesor de la Casa Blanca, y desde ese puesto firmó algunas de las jugadas más grandes de la época, desde los Acuerdos de Abraham hasta la renegociación del viejo TLCAN.
Pero lo que hace en el segundo mandato es más difícil de explicar, porque sigue moviendo la política exterior sin ocupar ningún cargo ni cobrar un sueldo público.
Ahora mismo es el enviado que negocia la reconstrucción de Gaza, conversa sobre Ucrania y se sienta en las negociaciones con Irán, una especie de secretario de Estado en la práctica que no aparece en ningún organigrama. En enero se subió al escenario de Davos a presentar un plan de $30,000 millones para reconstruir la Franja, con puertos, zonas industriales y torres nuevas, un proyecto que sus críticos leyeron más como una operación inmobiliaria que como una salida política para los palestinos.
El dinero llega del Golfo
Lo que vuelve todo más raro es de dónde sale su dinero. Al salir de la Casa Blanca, en 2021, montó un fondo de inversión llamado Affinity Partners, y a los pocos meses el fondo soberano de Arabia Saudí le puso $2,000 millones. A esa cifra se sumaron aportes de Qatar y Emiratos, más una comisión anual del 1.25% que, solo por la parte saudí, ronda los 25 millones al año. Para dimensionar el negocio, su firma ya había recaudado alrededor de 157 millones en comisiones de clientes extranjeros, y durante el segundo mandato seguía buscando levantar miles de millones adicionales de capital foráneo sin desprenderse de esos vínculos.
Claro, nadie va a prohibirle nadie que haga negocios para su beneficio. El problema ahora está en que Kushner negocia hoy en nombre de Estados Unidos con los mismos gobiernos del Golfo que financian su firma privada, y esa doble condición de diplomático y empresario llevó a los legisladores Ron Wyden y Robert García a abrirle una investigación por conflicto de interés.
Vale una aclaración, porque el apellido asoma también donde uno menos lo espera. Si escuchaste un Kushner + FIFA + escándalo, no era él. El del fútbol es Joshua, el hermano de Jared: su firma encabezó un plan de $20,000 millones para quedarse con la gestión comercial de la Copa del Mundo, una idea que la UEFA despachó con un “no es de la FIFA para venderla” y que terminó archivada después del rechazo de medio planeta. Cerramos paréntesis. Con Mundial o sin él, el mapa se repite casi con la misma fórmula: capital soberano, sobre todo árabe, entrando a los grandes activos del mundo con la firma de un Kushner en la puerta.
Sobre la mesa, la inmigración
Con todo eso encima, la frase de Johnson se entiende mejor. La soltó después de que se filtrara una reunión que Kushner tuvo en Nueva York con Hakeem Jeffries, el líder de los demócratas en la Cámara, con el control del Congreso en juego para noviembre. La escena muestra a un enviado del presidente republicano tendiendo puentes con el jefe de la oposición en el mismo momento en que las encuestas aprietan por el costo de vida.
Hablaron de vivienda, costo de vida e inmigración, y Kushner hasta le sugirió que se viera con Susie Wiles, la jefa de gabinete de Trump. Negar que tiene un cargo funciona entonces como un blindaje, porque mientras nadie le ponga un título, nadie en la Casa Blanca queda obligado a responder por lo que se conversó en esa mesa.
Si el hombre que negocia la paz, cobra del Golfo y se sienta con la oposición resulta que no tiene poder, ¿entonces más le hace falta para que sí?



