Hubo un tiempo en que jubilarse en Estados Unidos venía con un gesto casi ceremonial. La empresa reunía al empleado que se iba después de treinta años, le daba las gracias y, muchas veces, un reloj de oro. Ese reloj era un símbolo. Decía que el trabajo tenía un final, y que ese final llegaba con descanso. Hoy se está volviendo una pieza de museo. Según una encuesta de WalletHub publicada a finales de agosto, el 43% de los adultos del país da por hecho que va a trabajar hasta que se muera.
La cifra no viene sola. A dos de cada cinco solo pensar en el retiro les produce ansiedad, y la mitad ya no cree que un trabajador promedio pueda jubilarse tranquilo. El temor a no poder retirarse lleva años instalado; Gallup lo registra como la principal preocupación financiera del país desde 2001. Lo que cambió es la certeza. Para casi la mitad de los estadounidenses, ese miedo dejó de ser una posibilidad lejana y se volvió un cálculo cotidiano.
El detonante inmediato tiene nombre conocido: la vida se encareció otra vez. El galón de gasolina promedia 4.27 dólares, tras subir trece centavos en una sola semana, y la libra de carne molida llegó a 6.89 dólares en julio, casi un 10% más que un año antes. Cuando el sueldo se va en sostener la semana, guardar para dentro de treinta años pasa al último lugar de la fila.
La deuda remata el cuadro. En la misma encuesta, el 53% dijo que pagar lo que debe pesa más que aportar a su retiro, y un informe del National Institute on Retirement Security encontró que el 77% siente que la deuda le impide ahorrar lo suficiente. La mayoría quiere guardar. El problema es que la deuda se come lo que sobra, y lo que sobra es cada vez menos.
Hasta aquí, la historia parece un asunto de presupuesto familiar. La parte que casi nadie nombra está una capa más abajo. Durante buena parte del siglo XX, la jubilación en Estados Unidos era responsabilidad de la empresa, a través de las pensiones que garantizaban un ingreso de por vida. Ese modelo casi desapareció. En su lugar quedó el 401(k), una cuenta donde cada quien ahorra por su cuenta y carga solo con el riesgo de que el mercado, la inflación o una emergencia se lleven lo acumulado.
El cambio suena técnico, pero define toda la trama. El sistema movió el peso del retiro de los hombros del empleador a los del trabajador, y millones están descubriendo que no alcanza. La confianza de los propios trabajadores en jubilarse con comodidad cayó seis puntos en un año, hasta el 61%, su nivel más bajo en más de una década.
El agujero de $4 billones
El hueco que dejó esa transferencia es enorme. La directora ejecutiva de TIAA, Thasunda Brown Duckett, lo calcula en cuatro billones de dólares, la distancia entre lo que los estadounidenses ahorraron y lo que van a necesitar, y advierte que cerca del 40% corre el riesgo de quedarse sin dinero en la vejez. Tampoco es cosa de unos pocos distraídos. Casi cuatro de cada diez personas que ya rozan los 60 no tienen una sola cuenta de retiro, como ha seguido Fortune.
La sensación de crisis dejó de ser cosa de expertos. El 80% del país cree que Estados Unidos enfrenta una crisis de retiro, trece puntos más que en 2020. Es de las pocas cosas en las que hoy coincide casi todo el mundo.
Cuando el ahorro no aparece, surge un plan B que nadie firmaría con gusto. Casi uno de cada tres adultos cuenta con que sus hijos o parientes lo mantengan cuando deje de trabajar. Es la vieja red familiar convertida en política de retiro, y para millones ni siquiera esa red existe.
También hay un matiz honesto: no todos los que siguen trabajando de grandes lo hacen por miedo. Hoy casi uno de cada cinco mayores de 65 sigue empleado, casi el doble que hace 35 años, y una parte lo hace porque el trabajo le da rutina, propósito y gente alrededor. La diferencia está en poder elegir. Un cirujano que opera a los 70 porque le gusta y un cajero que a los 70 no puede dejar de marcar tarjeta caben en la misma estadística, pero no viven la misma vejez.
¿A quién le sirve?
Por eso vale la pena mirar quién gana con este arreglo. Cuando las pensiones se apagaron, el riesgo no desapareció, cambió de dueño. Las empresas se soltaron de una obligación costosa, la industria financiera ganó millones de cuentas individuales que administrar, y el trabajador se quedó con la parte incierta: adivinar cuánto va a vivir, cuánto va a costar enfermarse y si el mercado estará de su lado el año en que le toque parar. Así, el retiro pasó de ser un derecho de la clase media a un lujo que se puede costear o no.



