Es una caja del tamaño de un zapato, montada en un poste, con panel solar y conexión celular. Fotografía cada carro que pasa, un software convierte las letras de la matrícula en texto y el dato queda guardado con la hora y el lugar. No mira solo a los sospechosos. Mira a todos, todo el tiempo, y guarda.
Se llaman lectores automáticos de matrículas y la empresa más grande del sector es Flock Safety: más de 120,000 cámaras en más de 6,000 comunidades, unos $3,000 al año por cámara y 20,000 millones de lecturas al mes. Sus clientes van de departamentos de policía a asociaciones de vecinos.
El campo del motivo
Para buscar tu carro en esa base no hace falta orden judicial ni número de caso. Un agente con clave escribe la matrícula, escribe el motivo en un campo de texto y busca. Ese campo es el guardarraíl completo del sistema. Cuando el grupo civil DeFlock Joplin pidió los registros de la policía de Joplin, Misuri, encontró que el 85% de las búsquedas se había justificado con una sola palabra, del tipo “sospechoso” o “drogas”, y que menos del 3% estaba ligada a un caso penal.
Un memo interno de una unidad de inteligencia policial del área de Houston, reportado por 404 Media, les pedía a los agentes ser “lo más vagos que se permita”.
Lo que escribieron
The Washington Post identificó al menos 50 agentes acusados o investigados por usar estos lectores para fines no autorizados. En 26 de esos casos, para vigilar a sus parejas, sus exparejas o las nuevas parejas de sus ex.
En Sedgwick, Kansas, un jefe de policía anotó “menor desaparecida” e “investigación de narcóticos” en 164 búsquedas de la matrícula de su exnovia. Después admitió ante el organismo estatal que certifica a los policías que el motivo real eran sus celos.
En Menasha, Wisconsin, un agente etiquetó como “welfare check” las consultas con las que revisaba si su novia había ido a una clínica, según la denuncia de otro departamento. Se declaró no culpable.
En Milwaukee, otro buscó la placa de su novia 124 veces en dos meses y escribió “investigación” cada vez. Marci Bakely llevó su Kia al mecánico tres veces para que lo revisaran buscando un rastreador. No había ninguno. Su ex le escribía a los minutos de que ella llegaba al supermercado, al doctor, a una cita, y un día le dijo dónde lo veía: “Cámara Flock”. Era Michael Steffman, jefe de policía de Braselton, Georgia, y había buscado la placa de ella y la de su hija adolescente unas 600 veces, según los registros del sitio Have I Been Flocked.
Cuando Bakely pidió una orden de protección, un juez se la negó por falta de pruebas. Steffman fue arrestado meses después y murió antes de que hubiera juicio.
Y esto te toca aunque no conozcas a ningún policía celoso
La cámara de tu cuadra no es local. Cada departamento decide con quién comparte sus lecturas.
La policía de Illinois corrió miles de búsquedas al parecer para autoridades federales de inmigración. Sacramento compartió datos con estados que criminalizan el aborto, aunque las dos partes lo tenían prohibido. Y las cámaras no están solo en las avenidas: están cerca de oficinas de abogados de inmigración, iglesias y clínicas de salud reproductiva, dice Michael Soyfer, abogado del Institute for Justice, una firma de libertades civiles.
Garrett Langley, fundador de Flock, le dijo a Forbes: “No me eligieron jefe de policía de Estados Unidos”, y agregó que no cree que sea trabajo de su empresa vigilar a la policía.
Los tres candados apagados
El número de caso es opcional: cada agencia decide si lo exige. La orden judicial no existe, la empresa respondió que no es capaz ni responsable de exigirla. La auditoría obligatoria existe en 13 estados. Sin ley federal, las reglas las escribe cada uno de los 18,000 departamentos de policía del país, uno por uno.
En haveibeenflocked.com puedes ver si tu placa fue consultada, con los registros que las agencias han liberado. En DeFlock puedes ver qué cámaras hay en tu ciudad.
La policía de Los Ángeles canceló su contrato después de que una auditoría interna encontró 161 carros detenidos por error en dos meses. El sistema se corrige cuando alguien lee los registros y los registros solo se leen cuando una víctima, un periodista o un vecino se toma la molestia de pedirlos.




