El Gendarme Americano: un César para la República de Papel
Si el martes pasado usted se hubiera encontrado cerca del Tribunal Federal de Distrito en Manhattan, se le podría perdonar pensar que había tropezado con el set de rodaje de una fastuosa, si bien algo distópica, reedición de un triunfo romano. No había cuadrigas ni generales laureados, pero el espectáculo era innegablemente imperial. Nicolás Maduro, el otrora tirano de Venezuela, y su esposa Cilia Flores fueron exhibidos no por la Vía Sacra, sino a través de una falange de barricadas de la policía de Nueva York, tras haber sido extraídos de Caracas por comandos estadounidenses en una incursión tan quirúrgica como constitucionalmente dudosa.
Por Roger Santodomingo, autor, periodista y científico político en el Aspen Institute.
Tuiteando desde la Casa Blanca, el presidente la calificó como una victoria de la ley y el orden: una “operación perfecta” contra un “estado mafioso”. Y, en sentido estricto, tiene razón. Maduro es el padrino de la mafia que mantiene secuestrada a una nación, un hombre cuya forzada legitimidad se había evaporado en algún punto entre las elecciones robadas de 2025 y el colapso de la infraestructura de su país. Para mi, como para muchos venezolanos exiliados en todo el mundo, verle esposado y en fatigas de preso ofrece una satisfacción visceral, casi narcótica. Pero para el resto del mundo, esto es el “pan y circo” de la era digital, servido en una bandeja de misiles guiados.
Sin embargo, a medida que los vítores se apagan, una resaca incómoda se asienta sobre nosotros. Para capturar a un César tropical, hemos empoderado a uno americano. No nos engañemos: esto no se trata de justicia, ni de democracia, ni siquiera de petróleo (EE.UU. no lo necesita). Se trata de poder. Poder absoluto.
Durante casi dos siglos, la mente política angloamericana se consoló con un cuento de hadas sobre su propia inmunidad. Observadores como Walter Bagehot nos aseguraron que la peculiar mezcla de carácter cívico e instituciones robustas de Estados Unidos lo vacunaban contra el “Hombre a Caballo”. Creían que el gobierno de un solo hombre era una dolencia reservada para las latitudes volátiles del Mediterráneo o del trópico, no para la sobria república de Madison y Hamilton.
Se equivocaron. La captura de Maduro no fue solo una operación militar; fue la ratificación final de la “Constitución Efectiva” sobre la “Constitución de Papel”.
Para entender la presidencia de Trump en 2026, no hay que mirar El Federalista, sino un polvoriento tratado de 1919 del sociólogo venezolano Laureano Vallenilla Lanz. Escribiendo para justificar el puño de hierro del dictador Juan Vicente Gómez, Vallenilla argumentó que, en sociedades fracturadas, la única democracia verdadera es el gobierno de un “César Democrático”: un “Gendarme Necesario” que impone orden sobre la anarquía y encarna la “sugerencia inconsciente de la mayoría”.
Vallenilla distinguía entre la “Constitución de Papel”, con sus elevados controles y contrapesos, y la “Constitución Efectiva”, que es como funciona el poder en la realidad. Cuando el presidente Trump bombardeó las embarcaciones venezolanas sin siquiera un gesto de cortesía hacia la Resolución de Poderes de Guerra, estaba operando enteramente dentro de la Constitución Efectiva. Cuando elude al Senado para bombardear una capital extranjera, se convierte en la “Nación hecha Hombre”, satisfaciendo las “necesidades reales” del país.
La justificación ofrecida —que esto fue una “operación policial” y no un acto de guerra— es una prestidigitación semántica que Max Weber habría reconocido con una mueca sombría. Weber teorizó la Führerdemokratie, una “democracia de líder” donde el ejecutivo deriva su legitimidad no de la ley, sino de una conexión carismática con las masas. En este modelo, el líder es el pueblo. Cualquier restricción —sea el Congreso o el derecho internacional— es un ataque al pueblo mismo.
La ironía es tan afilada que corta como un gladius. Estados Unidos ha pasado décadas dando cátedra a América Latina sobre la democracia institucional, solo para terminar adoptando su teoría política más cínica como manual de operaciones. Trump sacudió al Estado mafioso venezolano convirtiéndose en aquello que Vallenilla alababa: un Leviatán que no responde ante nadie más que ante el aplauso de la multitud.
La historia es una rueda. Polibio advirtió sobre la anaciclosis, donde la democracia colapsa inevitablemente en el gobierno de una sola mano. Roma no cayó ante César porque el Senado fuera débil; cayó porque el pueblo, cansado del estancamiento político, quería un hombre que le entregara victorias y la humillación de sus enemigos.
Estados Unidos no es Roma, pero la rima es ensordecedora. Con la captura “policial” de un jefe de Estado extranjero, el Presidente ha sentado el precedente de que su poder para vigilar e imponer su voluntad al mundo es absoluto, controlado únicamente por su moral personal, su estado de ánimo y los índices de audiencia.
Donald Trump ha importado la lógica del caudillo al Potomac. Nos entregó la cabeza de Maduro, un trofeo que emociona al público en las gradas (y sí, confieso que yo mismo estaba allí, aplaudiendo, agradecido). Pero a cambio, nos pide que aceptemos que la Constitución de Papel es meramente una sugerencia, mientras que la Constitución Efectiva —la voluntad del César— es la ley suprema de la tierra.
Mientras vemos el desfile de los acusados en Nueva York, debemos preguntarnos: ¿Es esto el triunfo de la justicia americana? ¿O es el aplauso final y estruendoso para el cesarismo democrático, eso que una vez estuvimos tan seguros de que nunca ocurriría aquí?



