
El 5 de junio de 1937, alguien se sentó con una máquina de escribir en Filadelfia y llenó un formulario del gobierno federal sobre un barrio del norte de la ciudad. Donde el papel traía impresa la palabra “Negro” escribió “yes” y “70”. Donde decía “Infiltration of” escribió “Italian”. Y en la casilla que preguntaba cuánto dinero había disponible para comprar casa en ese barrio escribió dos palabras, “very limited”. Abajo firmó un tal Doherty y le puso la fecha.
El papel tenía nombre y número, Area Description, NS Form-8, impreso el 2 de marzo de ese mismo año. Esas líneas no las agregó Doherty. Venían impresas de fábrica, en el formato oficial que el gobierno repartió para calificar los barrios del país, y la ficha quedó archivada junto a otros miles que hoy se pueden leer gratis, escaneados, calle por calle.
La agencia que mandó a imprimir ese formulario había nacido cuatro años antes, en plena Depresión, para refinanciar las casas que la gente estaba a punto de perder. Para repartir ese dinero sin respaldar hipotecas que consideraba riesgosas contrató tasadores locales y les encargó calificar barrio por barrio. En 1935 el Federal Home Loan Bank Board amplió el trabajo a 239 ciudades. Cuatro grados, cuatro colores. Verde era primer grado, azul segundo, amarillo tercero y rojo cuarto.
Ese sistema de colores funcionaba como un filtro para el dinero, porque verde y azul eran barrios donde convenía prestar, amarillo era un barrio en declive y rojo quería decir que ahí no se daban hipotecas para comprar casas. La nominación del muro de Birwood al Registro Nacional de Lugares Históricos asegura que los barrios afroamericanos quedaban invariablemente en rojo, incluidos los de clase media y en buen estado.

Nueve días de diferencia
El 14 de junio de 1937, en la misma ciudad, otro tasador llenó la ficha de un barrio de grado A. Entre las influencias favorables anotó que estaba “well restricted”, que era el nombre de la época para la cláusula de escritura que prohibía venderle a minorías, y que era “wooded section”, zona arbolada. El ingreso anual de los habitantes lo puso en $5,000 y más, los propietarios en 80% y las hipotecas de compra en “yes”. En las observaciones ese mismo tasador advertía que el peligro de penetración judía era inminente, para que quede claro que la lógica también corría puertas adentro del barrio blanco.
En la ficha roja de nueve días antes los números iban al revés. Ingreso anual estimado, $600. Propietarios, entre 10 y 15%. Y en el renglón de observaciones alguien escribió que la zona estaba deteriorada y que convenía demolerla.

El manual lo tenía escrito
La idea tampoco salía de la cabeza de un tasador suelto. La Administración Federal de Vivienda, la otra agencia del New Deal, la que le aseguraba la hipoteca a quien compraba casa nueva, publicaba su propio manual de tasación. La revisión al 1 de abril de 1936 recomendaba levantar “barreras naturales o establecidas artificialmente” para proteger un barrio de la “infiltración de grupos raciales no armoniosos”, y miraba con buenos ojos las cláusulas de escritura que regulaban la ocupación racial. Es la misma palabra, infiltración, que venía impresa de fábrica en el formulario de Filadelfia.
En Detroit, en 1941, un constructor se tomó esa recomendación muy a pecho. Había comprado un terreno en el barrio Eight Mile-Wyoming para hacer casas destinadas a compradores blancos, y del barrio afroamericano de al lado lo separaba apenas un callejón. La agencia federal respaldaba ese tipo de desarrollo si existía alguna barrera entre las dos zonas, y lo normal era una avenida ancha, un parque o una calle que no conectara. Ahí no había nada de eso, así que levantó un muro de concreto de 670 metros de largo, 1.80 de alto y 30 centímetros de grueso, a lo largo de tres cuadras. Las escrituras de las casas nuevas prohibían venderle a quien no fuera de “raza blanca caucásica pura”. El muro sigue en pie, desde los años setenta los dos lados son barrios afroamericanos y un tramo está cubierto de murales.
Los árboles que no se sembraron
Ochenta años después, ocho investigadores midieron desde el aire la cobertura de copa de árbol de 3,188 barrios de la antigua HOLC, repartidos en 37 ciudades de 16 estados, y la cruzaron con el color que les habían puesto en los años 30. En los que habían sido verdes, las copas cubren hoy cerca del 43% del terreno. En los que habían sido rojos, cerca del 23%. El orden se mantiene de la A a la D y se repite en ciudades grandes y pequeñas.
Un árbol de sombra lo siembra alguien, casi siempre el municipio, y después hay que podarlo, regarlo en sequía y reponerlo cuando se cae, así que detrás de cada cuadra arbolada hay décadas de presupuesto municipal. Esa inversión siguió el mismo mapa que decidía las hipotecas.
El calor de verano sigue esa misma línea, y para comprobarlo tres investigadores cruzaron en 2020 esos mismos mapas con imágenes satelitales de 108 áreas urbanas del país, donde encontraron que en el 94% de ellas los barrios que fueron rojos salían más calientes en verano que los demás. El promedio nacional de esa diferencia es de 2.6 °C. En las ciudades donde más se separan llega a 7 °C, unos 13 grados Fahrenheit, y las brechas más anchas aparecen en el sureste y el oeste del país.
También hay que decir qué no prueban estos números, empezando porque el satélite mide la temperatura de la superficie, la del asfalto y la de los techos, y un termómetro a la sombra en la acera marca una diferencia bastante menor. Los dos estudios son correlacionales, y sus propios autores advierten que en esos barrios también se instalaron fábricas y se trazaron autopistas que calientan por su cuenta. Negarle un préstamo a alguien por su raza o por el barrio donde vive es ilegal desde 1968, cuando el Congreso aprobó la Ley de Vivienda Justa.
El concreto, en cambio, no caduca. Una ley puede prohibir una práctica de un día para otro, pero no mueve una autopista de sitio ni desaparece una zona industrial, y un roble de sombra tarda entre treinta y cuarenta años en dar copa. Las ciudades que hoy quieren cerrar esa brecha están sembrando árboles cuyo beneficio lo van a ver los nietos de quienes los plantan.
Vale la pena abrir el mapa de tu ciudad y buscar tu cuadra. Si aparece, tiene un color que alguien le puso hace noventa años y una ficha mecanografiada que explica por qué se lo puso. Leerla toma dos minutos, y después cuesta bastante mirar las calles del vecindario de la misma manera.


