Hay un gesto que Trump repite cada vez que quiere marcar territorio, y consiste en levantar el teléfono, publicar una imagen y esperar la reacción. El 18 de agosto la imagen era un mapa del golfo Pérsico con una franja de agua pintada de rojo y una etiqueta encima, “nuevo territorio de Estados Unidos”. Esa franja era el estrecho de Ormuz, el pasadizo entre Irán y Omán por donde respira el mercado mundial del petróleo, y la publicó horas después de que venciera el plazo de 60 días que Washington y Teherán se habían dado para negociar.
Detrás de ese mapa hay meses de tensión acumulada, porque EEUU e Irán vienen de un conflicto aéreo, de unas negociaciones fallidas en Ginebra y de un ceasefire de dos meses que expiró sin acuerdo. En el medio, Teherán cerró el estrecho, sembró minas y disparó advertencias a los buques, mientras miles de marineros quedaban varados en el golfo. Días antes del post, en New York, Trump ya había adelantado que pronto reclamaría el paso, y presumió del bloqueo, porque según él ningún barco cruza a menos que Washington lo permita.
Nadie es dueño de un estrecho
Desde Teherán, la respuesta llegó con una frase que el vicecanciller lanzó para dejar clara la imposibilidad. “El estrecho de Ormuz no se puede tomar con un tweet, ni con un portaaviones, ni con una orden, ni con un discurso de campaña”, dijo, y en eso tiene razón. El derecho del mar no funciona como un título de propiedad. Un país solo manda sobre las 12 millas náuticas de agua frente a su costa, y en un canal tan estrecho como Ormuz esas franjas de Irán y de Omán se tocan y se solapan, de modo que por el medio queda un corredor de tránsito donde cualquier barco, de cualquier bandera, tiene derecho a pasar.
Declarar suyo ese corredor no es un trámite administrativo, y los juristas consultados lo describen como una anexión que violaría la Carta de la ONU, el tipo de acto que el derecho internacional llama guerra de agresión. Ni siquiera el presidente puede convertir aguas internacionales en territorio propio con una foto, así que, si en el papel la intención no se sostiene, lo único que queda es mirar hacia otro lado y preguntarse qué gana insistiendo tanto.
Para entenderlo hay que mirar la geografía. Ormuz es una puerta angosta, y en su punto más estrecho el mar mide apenas unos 40 km, con carriles para petroleros todavía más finos. Por esa rendija cruza uno de cada cinco barriles de petróleo del planeta, además de buena parte del gas licuado y del fertilizante que sostiene la comida barata. Quien controla ese punto tiene la mano sobre el precio de casi todo.
Esa dependencia es lo que vuelve creíble la amenaza, porque un bloqueo, o el simple miedo a un bloqueo, mueve el precio del petróleo en cuestión de horas. Ese temblor viaja hasta estación donde cargas gasolina y el supermercado donde el flete y el fertilizante ya venían caros. Un estrecho al otro lado del mundo se convierte, sin que lo notes, en un renglón de tu presupuesto.
La colección
Vista así, Ormuz se vuelve la última pieza de una serie. En menos de un año, Trump ha querido comprar Groenlandia, quedarse con el Canal de Panamá y anexar a Canadá, además de rebautizar el golfo de México. Puestos en fila, esos lentes se parecen demasiado: Groenlandia abre las rutas del Ártico que el deshielo está estrenando, Panamá une dos océanos y Ormuz surte de energía a medio mundo. Cada uno es una cerradura del comercio global, y lo que Trump intenta juntar son las llaves.
Para media región latinoamericana esta historia ya se había vivido. En 1903 Estados Unidos respaldó la separación de Panamá de Colombia y se quedó con la Zona del Canal, una franja que administró como territorio propio y por la que hizo pasar su bandera durante casi un siglo, hasta que la devolvió, a regañadientes, el último día de 1999. La vía se inauguró en 1914, aunque el control empezó antes, con la firma. Cambiando el mapa, el mecanismo es idéntico, y consiste en encontrar el punto por donde pasa el mundo y ponerle un candado.
Por eso quedarse en el chequeo de datos, marcar la publicación como imposible y pasar de página deja fuera lo más importante. Trump no necesita que un tribunal le dé la razón sobre Ormuz, porque le basta con instalar la idea de que un estrecho ajeno puede ser suyo si el bloqueo aprieta lo suficiente, y con recordarle al resto del mundo quién dice tener la mano sobre la llave.






