Cada 11 de septiembre, en el sur de Manhattan, los familiares de las víctimas suben a un estrado y leen en voz alta los 2,977 nombres de quienes murieron aquella mañana. El rito dura casi cuatro horas y se repite, idéntico, desde hace 25 años. Es un homenaje necesario, y también la parte fácil. La difícil casi nunca se dice en voz alta. ¿Aprendimos algo de aquel día?
La respuesta más honesta la dan quienes vigilan la seguridad del país, y no es tranquilizadora. Para entenderla hay que volver al principio, a lo que de verdad falló aquella mañana.
El 11-S no llegó sin aviso. En los meses previos, la CIA y el FBI tenían piezas sueltas del complot, nombres, movimientos, sospechosos que tomaban clases de aviación, pero cada agencia guardaba su parte y ninguna las juntó a tiempo. Como un rompecabezas cuyas piezas estaban desparramadas a lo largo de cada departamento. La comisión que investigó el ataque lo definió como una falla de imaginación. En pocas palabras, que EE. UU. tenía con qué anticiparse y no supo protegerse. Ese fue el primer fracaso, y el que conviene recordar hoy.
La reacción fue del tamaño del golpe. Nueve días después, EE. UU. le declaró la guerra al terror, y lo que siguió fueron dos décadas de combate en Afganistán e Irak, la más larga de su historia. Por esos frentes pasaron casi dos millones de estadounidenses, muchos no volvieron y otros volvieron rotos. Hubo logros ciertos, se acabó con Osama bin Laden y no se repitió un ataque de esa escala dentro del país. También quedó una herida que todavía supura, porque la invasión de Irak se apoyó en inteligencia falsa y hoy la mayoría la ve como un error. Se la llamó la guerra sin fin, y se apagó sin desfile de victoria, hasta la caída de Kabul en 2021 que muchos veteranos vivieron como una humillación.
El problema es que esa guerra se lo tragó todo, la atención, el presupuesto y la mirada estratégica de una generación entera de líderes. Y mientras EE. UU. perseguía a un puñado de milicianos por las montañas, en el otro extremo del planeta crecía un rival de otra dimensión.
El rival que creció a la sombra
Ese rival es China. En los mismos años en que EE. UU. tenía los ojos puestos en Kabul y en Bagdad, China modernizó su ejército a una velocidad que casi nadie anticipó. Hoy tiene la armada más grande del mundo por número de barcos, con más de 370 buques de guerra y rumbo a 435 para 2030, y su arsenal nuclear, que rondaba las 600 ojivas, superará las 1,000 antes de esa fecha, según el propio Pentágono. Su gasto militar, además, lleva 31 años seguidos subiendo y en 2025 alcanzó los 336,000 millones de dólares.
Nada de esto era secreto, pero se subestimó durante dos décadas. Como resumió Alex Younger, exjefe del espionaje británico, “se nos pasó por alto el ascenso de China”. El informe más reciente del Pentágono va aún más lejos, y advierte que China espera estar en condiciones de tomar Taiwán por la fuerza para 2027, un escenario que ya ensaya con maniobras cada vez más grandes.
Y China no es la única que aprovechó esos años. Rusia invadió Ucrania, estrenó misiles hipersónicos y disparó su gasto militar hasta los 190,000 millones de dólares, el 7.5% de su economía, su nivel más alto desde la Guerra Fría. Y cada vez actúa más pegada a China, con bombarderos de ambos países que ya patrullan juntos. Para EE. UU., el mapa de amenazas dejó de ser un grupo clandestino y pasó a ser dos potencias con misiles, satélites y capacidad de golpear casi en cualquier parte. Es la sociedad militar que hoy más desvela a los estrategas del Pentágono.
Tras el 11-S, EE. UU. reconstruyó su aparato de inteligencia casi desde cero y creó un cargo, el director nacional de inteligencia, para que sus 18 agencias por fin hablaran entre sí. Dos décadas después, ese andamiaje se desarma pieza por pieza. Mientras el peligro crece afuera, el país recorta lo mismo que lo protege. En 2025, la oficina que coordina toda esa comunidad perdió más del 40% de su personal, la CIA anunció 1,200 puestos menos y el Pentágono ordenó cortar el 20% de sus altos mandos. Varios programas para prevenir la radicalización se desmantelaron. Bruce Hoffman, uno de los mayores expertos en terrorismo del país, lo advirtió ante el Congreso: “Estamos recreando las condiciones de recorte y abandono que existían antes de los ataques de 2001”.
Claro, nada de esto anuncia una guerra con China o con Rusia. Lo que cambió es el tablero. Por primera vez en décadas, EE. UU. comparte el mundo con rivales de su tamaño, y llega a esa liga con menos ventaja y con la guardia más baja que en 2001. La amenaza cambió de escala, ahora son Estados enteros, con ejércitos y economías descomunales, los que le disputan la delantera.



